El Yoga para mi es Amor
"Inhalo amor y recuerdo que pertenezco. Exhalo libertad y recuerdo que puedo ser yo misma."
La primera vez que escuché la palabra "yoga" fue hace 21 años.
Entré a una clase de asanas sin imaginar que una sola palabra transformaría silenciosamente el rumbo de mi vida.
Al principio, el yoga era principalmente algo físico para mí. Me interesaban la salud, el movimiento y el cuerpo. Iba al gimnasio, asistía a clases de yoga de vez en cuando y, como muchas personas, me relacionaba con el yoga desde lo que podía ver y sentir externamente.
Y sin embargo, algo permaneció.
Pasaron los años. Hubo errores, desvíos, confusión y momentos en los que me sentí desconectada de mí misma. Entonces el yoga comenzó a revelarme otro de sus rostros: el de Svadhyaya, la observación y el estudio de uno mismo. (En aquel entonces no conocía este término, pero ya estaba presente en mi camino).
Hace doce años, la meditación se convirtió en el centro de mi práctica, y las asanas pasaron a ser un apoyo más que un destino. Ese viaje interior me llevó finalmente a Asia, donde todo comenzó a cambiar.
A través de la meditación, el silencio y los encuentros con monjes budistas, descubrí no solo una conciencia más profunda, sino también una relación íntima y sagrada con lo Divino, más allá de las religiones y más allá de los conceptos.
Hubo mucha deconstrucción.
Mucho dejar ir.
Mucha rendición ante la incertidumbre.
La vida que conocía comenzó a romperse y transformarse: mi profesión, mis relaciones, mi familia, mi identidad.
Y finalmente, el camino me llevó a India.
Un lugar para el que mi alma parecía haberse estado preparando mucho antes de que yo supiera conscientemente siquiera qué era el yoga.
Allí el viaje volvió a profundizarse. Regresé al cuerpo, no como algo que debía perfeccionar, sino como un vehículo a través del cual la conciencia podía encarnarse. La meditación dejó de ser algo que hacía para convertirse en algo que vivía.
Comencé a comprender cómo antiguos karmas podían convertirse en dharma.
Cómo las heridas podían transformarse en sabiduría.
Cómo el camino espiritual no consiste en ser menos humana, sino en llegar a ser plenamente humana.
Y quizás ese ha sido uno de los regalos más grandes que el yoga me ha dado: enseñarme a amar más profundamente mi humanidad y a mí misma.
Con los años también he descubierto que la sabiduría que llamamos yoga se manifiesta de muchas formas, culturas y tradiciones. El lenguaje cambia. Los rituales cambian. Pero la invitación suele ser la misma:
Conócete a ti misma.
Regresa a tu esencia.
Recuerda quién eres.
Hoy, para mí, yoga significa amor.
El yoga me ha enseñado que pertenezco, al mismo tiempo que soy libre de ser quien realmente soy.
Me ha dado las herramientas, la resiliencia y la fe necesarias para seguir regresando a ese delicado equilibrio, incluso cuando la vida lo pone a prueba.
El recordatorio más dulce del yoga vive en mi respiración.
Inhalo amor y recuerdo que pertenezco.
Exhalo libertad y recuerdo que puedo ser yo misma.
Incluso hoy, cuando me detengo lo suficiente para sentir esa verdad de manera consciente, se me llenan los ojos de lágrimas.
Ya no creo que el yoga sea simplemente un conjunto de prácticas.
Las prácticas son profundamente importantes, pero son la puerta de entrada, no el destino.
El yoga es la experiencia de conexión que esas prácticas hacen posible.
Para mí, yoga es todo aquello que me acerca a lo Divino mientras me permite abrazar plenamente mi humanidad.
Yoga es crecer en confianza.
Crecer en fe.
Crecer en amor.
Y aprender, día tras día, a convertirme en un instrumento cada vez más consciente para transmitir las enseñanzas sagradas que han transformado mi vida.
Deseo que tu práctica te ayude a recordar quién has sido desde siempre.